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X: Historia de un asesino en masa




FELIZ HALLOBLOGWEEN!!!
Gracias de nuevo a Teresa Cameselle por esta iniciativa.

http://www.teresacameselle.com/2014/10/pasen-y-vean-halloblogween-2014.html


He aquí mi relatin:

X: HISTORIA DE UN ASESINO EN MASA


La historia surgió de pronto, en un momento de total y absoluta inspiración. Como todas las buenas ideas, surgió en un pequeño habitáculo revestido de azulejo blanco, un lugar frío e impersonal y donde el olor a lejía se mezclaba con los restos apresurados de una cena cuyo aspecto ya advertía sobre las apremiantes consecuencias de hacer cuenta de ella. Estaba sentado, un cigarro en la mano y los pantalones por las pantorrillas.





Fue una bendición que mis ojos, en un intento de hacer más amena mi intempestiva respuesta a la llamada de la naturaleza, se toparan con un grabado que destacaba sobre números de teléfono, penes goteando y putas con distinto nombre; se trataba de una calavera.
Sí, sí, reconozco que no es algo tan anormal, pero eso me llevó a una cosa, y esa cosa a otra y luego a otra y así suma y sigue, hasta que, por fin, apareció la historia.
Tal vez, para ser humildemente sincero, la historia no era del todo original, y quizá su concepción no fuera gestada por las musas, sino que más bien surgió del recuerdo de un noticiero que la psique tuvo a bien mostrarme aquella noche.
La cuestión, la verdadera cuestión, es que por fin, después de meses y meses de abstinencia literaria, tenía una historia que contar.
Como siempre, lo primero que hice fue documentarme. Después de muchos meses, muchos tratados de psicología, otros tantos de psiquiatría y una cantidad desorbitada de visitas a la hemeroteca a la busca y captura de casos similares, por fin tenía un esquema más o menos trazado de la historia.
A continuación llegó la parte más difícil de todo escritor, al menos, para mí: esbozar el perfil psicológico de sus personajes.



Si tenemos en cuenta que el protagonista era un asesino en masa, la dificultad estaba más que garantizada, entre otras cosas porque soy muy perfeccionista y siempre he tratado de que mis personajes sean tan reales que resulten incluso palpables. Manía de escritor, cierto, pero gracias a ello, algunas de mis novelas se convirtieron en líderes de ventas demasiados años atrás.
Durante días, puede que incluso semanas, o tal vez meses, me metí en la piel del protagonista. Así, a grandes rasgos, el chaval —porque apenas había rozado la adolescencia—, no era más que un pringado. O tal vez, al llamarle pringado, le esté dando demasiada notoriedad, pues estos suelen ser motivo de burla de sus crueles compañeros de clase.
X —le llamaré así de momento— ni siquiera alcanzaba la categoría de friki, pues estos, al contrario que aquel, tenían metas en la vida, por muy absurdas que al resto nos pueda parecer.
X era un pusilánime, indiferente para el resto de la humanidad, sumamente ignorado e invisible incluso para sus progenitores. No destacaba por nada. No tenía amigos, ni aspiraciones a tenerlos. Los sueños, las esperanzas y cualquier tipo de pretensión quedaban subyugadas por una apatía ya arraigada en él, apatía que se extendía, inexpugnablemente, a cualquier tipo de sentimiento. Era su respuesta afectiva nula, como nula era también cualquier necesidad que no fueran las meramente fisiológicas.
Era su caminar pausado, su mirada huidiza, su semblante inexpresivo, su voz neutra. No, no había nada en él que diera pie a opinión alguna, ni buena, ni mala.
Era totalmente impasible, un completo autómata en todos sus gestos, Sin embargo, había algo que provocaba un fruncimiento en sus labios, algo que hacía que se le erizara la piel de la nuca y que provocaba un desagradable escalofrío en su espina dorsal: no soportaba las risas. Le dejaban una sensación amarga en la boca del estómago, una sensación de vacío, de soledad y de oscuridad que hacían que sus ojos se nublaran de odio y frustración a partes iguales.
Durante muchas horas traté de entenderle, de comprender qué podía haber malo en las risas ajenas como para tomar la decisión que tomó.


Traté, por todos los medios, de sentirme como aquel hombre a medio hacer. Me inundé de su apatía, de su desidia, de su odio visceral a cualquier muestra de alegría. Dejé que su esencia se apoderada de la mía, que fuera su alma la que ocupara mi cuerpo, que fuera él quien viera a través de mis ojos. Así, sentí cómo planeó todo. Un día, y otro, y otro, hasta que el plan, tímidamente trazado al principio, se convirtió en una obra digna del más psicótico y afamado asesino.
Fui testigo de la precisión con la que fue ultimando cada detalle, cada paso a dar a continuación.
Sentí los nervios, la alegría, la tensión el día de autos. Había elegido para ello el 31 de octubre, por una cuestión meramente ambiental: aprovecharía la fiesta de Halloween que se celebraba cada año en el instituto.
No se disfrazaría. ¿Para qué? Su aspecto tétrico ya le haría mimetizarse con el entorno per se.
Sentí la euforia y el ascenso de los niveles de adrenalina en mi propio cuerpo cuando, de pronto, sacó la escopeta y disparó el primer proyectil. El objetivo alcanzado no era importante, aunque sí el sonido sordo del cuerpo al caer y la sangre viscosa que pronto manchó el parqué. Comprobé, en carne propia, cómo el odio visceral iba dejando paso a la bendita paz conforme las risas se convirtieron en alaridos de terror.
Como él, no me detuve a mirar los cuerpos sin vida, o simplemente agonizantes, de aquellos adolescentes que el cruel destino puso en su camino en aquel frío gimnasio de un instituto cualquiera. No era más que consciente del latigazo de placer que le recorría cada vez que oía pasos apresurados que trataban, algunos sin éxito, alejarse del campo de tiro.




Sentí el triunfo cuando todo quedó en silencio, cuando ya no había más quejidos de dolor, ni el rechinar de unos dientes que intentaban suplicar, ni la respiración acelerada de alguien que había querido ocultarse de él y de su locura. Sin embargo, fue justo ahí, cuando todo acabó, cuando ya nadie se arrastraba por el suelo, cuando comprendí que el plan tenía una fisura importante, porque, ¿qué haría con X? ¿Dejaría que lo atraparan? ¿Haría que se suicidara?


—¿Qué hizo al final? —me preguntó mi compañero.
Me volví a mirarlo. Una sonrisa engreída desdibujó mi rictus de perpetuo mal humor.
—¿Tú qué crees?
Un sonido nos avisó que, en breve, la oscuridad inundaría la habitación, tiempo que me permitió ver la cara de asombro y horror de mi compañero de celda.